Decía que me quería, solía cogerme de la mano mientras me susurraba al oído palabras sin sentido. Le encantaba desenredarme el pelo con la yema de los dedos y me rogaba que no cambiara nunca mi marca de champú. Adoraba escuchar mis anécdotas callado, mirándome con esos enormes ojos fijos en mis labios, y terminaba riendo, pronunciando con esa frase que tanto me costaba escuchar: " !Amor, qué carácter tienes!". Sonreía al verme poner caras raras cuando no entendía lo que ponía en mis apuntes y disfrutaba observando atentamente como me dedicaba a hacer garabatos sin sentido mientras, ingenua de mi, intentaba averiguar como arreglar nuestro mundo. Adoraba sentarse a mi lado mientras yo leía las páginas de aquel maravilloso libro, escogía quedarse allí conmigo, sentado en el césped esperando a que yo decidiera darle un beso o marcharme sin más. Aguantaba mis enfados de niña chica y le hacían gracia mis comentarios sobre la vida en París.
Pero un día yo me fui y él... bueno, él se quedó allí, esperando, al lado de aquel teléfono viejo, esperando oír mi voz a seiscientos kilómetros de distancia. Pero aún no se había percatado de que yo no regresaría, de que no llamaría, de que a mi me da vergüenza hablar por teléfono.
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