Decía un buen amigo mío que es un hecho probado que las
casualidades no existen. Yo le miro y sonrío, pero podría tener razón, de hecho
he llegado a la conclusión de que tiene razón. Siempre dice, en modo muy cursi,
que todo está escrito en las nubes y las estrellas con tinta invisible. Que las
personas van mezclándose en las páginas de las historias de otras personas para
compartir y protagonizar un guión ya establecido. Mi amigo decía que todos
somos actores principales y también secundarios, según la parte de la película
en la que nos encontremos. Sí, ciertamente creo que esto lo saca de algún
libro, mi amigo no sabe escribir tan bien, pero realmente es una forma bonita
de hablar del destino.
Si alguien me preguntara que opino sobre ello, sinceramente,
no podría darle una respuesta breve y clara, porque como leí una vez “en realidad,
cuando me he levantado esta mañana sí que sabía exactamente quién era, pero me
temo que desde entonces, he sufrido varias transformaciones”. Y así con todo lo
que ocurre en mi vida, y sí, me gusta pensar que es parte de mi destino, aunque
también me parece que es una manera de quitarte el muerto de encima. Cuando
algo no sale bien, solemos decir que se trata del destino, pero ¿Y cuando las
cosas nos salen genial? Entonces, entonces decimos que ha sido lo que nos merecíamos,
que habíamos trabajado para conseguirlo, raras veces se lo agradecemos al
destino. Como mi amiga Sara me recuerda siempre, yo soy de las que opinan que
la suerte no existe, que la suerte hay que ganársela, aunque quizás en cierto
modo me gustaría que por arte de magia de vez en cuando me viniera un golpe de
suerte.
Pero bueno, quiero decir que el destino a veces nos tiene
maravillas preparadas ahí, esperando, para nosotros, pero que tenemos que salir
a buscarlas y creo que yo he encontrado ya una de ellas, aún tengo que
descubrirla, quitarle el polvo, los embalajes y sacar la esencia, pero estoy
dispuesta a hacerlo, y espero que él también lo esté y bueno, tampoco voy a ser
tan cursi como mi amigo, pero en un libro leí:
“Ninguna percepción es recíproca, la mirada hacia la lluvia
no es la lluvia que nos mira. La piel que tocamos casi nunca es la piel que
suplica ser tocada. Un sonido no espera ser escuchado. El margen no sabe que es
el margen. Hacer equivaler las percepciones es reducir el cuerpo a unos pocos
encierros y desplantes. Esto es lo primero que aprende el niño. Esto es lo que tan rápido el adulto ignora”