El Libro de la Vida
Indudablemente, aquel hombre que
comprende la vida, no necesita creencias. Un hombre que ama no tiene creencias;
ama. El que tiene creencias es el hombre consumido por el intelecto, porque el
intelecto está siempre buscando seguridad, protección, siempre está evitando el
peligro y, por eso, engendran ideas, creencias, ideales, detrás de los que
pueda protegerse.
Percibir la verdad exige que se
comprenda lo falso. Sin eliminar las causas de ignorancia, no puede haber
iluminación; buscarla cuando la mente se debate en la ignorancia es en absoluto
vano y sin sentido. Por consiguiente, debo empezar a ver lo falso en mis relaciones
con las ideas, con la gente, con las cosas. Cuando la mente ve lo que es falso,
se manifiesta lo verdadero; entonces hay éxtasis, hay felicidad.
Por cierto, las creencias echan raíces muy profundas y se vuelven
inconmovibles, porque detrás de esas creencias, de esos dogmas, está el miedo
constante a lo desconocido. Pero jamás miramos ese miedo; le volvemos la
espalda. Cuanto más fuertes son las creencias, más fuertes los dogmas. Y cuando
examinamos estas creencias: la cristiana, la hindú, la budista, etcétera,
advertimos que dividen a la gente. Cada dogma, cada creencia tiene una serie de
rituales, de compulsiones que atan y separan a los seres humanos. De modo que
empezamos una indagación para averiguar qué es lo verdadero, cuál es el
significado de esta desdicha, de esta lucha, de este dolor; y pronto quedamos
atrapados en creencias, rituales, teorías.
No cambiar de creencias, no
sustituir una creencia por otra, sino estar enteramente libres de todas las
creencias, a fin de que nos enfrentemos a la vida de un modo nuevo a cada
instante. Esto, después de todo, es la verdad: ser capaces de afrontarlo todo
de una manera nueva, afrontarlo de instante en instante sin la reacción
acondicionada del pasado, de modo tal que no exista el efecto acumulativo que
actúa como una barrera entre uno mismo y lo que es.
¿Por qué las ideas se arraigan en
nuestras mentes? ¿Y por qué no se vuelven sumamente importantes los hechos, no
las ideas? ¿Por qué llegan a ser tan significativas las teorías, los conceptos,
y no el hecho? ¿Es, acaso, porque no podemos comprender el hecho, porque nos
falta la capacidad de enfrentarnos a él, o porque nos atemoriza hacerlo? Así
pues, las ideas, las especulaciones, las teorías, son recursos para escapar del
hecho...
Solamente cuando la mente está libre de la idea puede haber una experiencia
directa. Las ideas no son la verdad; y la verdad es algo que debe ser
experimentado directamente, de instante en instante. Sólo cuando uno puede trascender todo
eso y el pensamiento está absolutamente silencioso, hay un estado en que se
experimenta de manera directa. En ese estado sabrá uno qué es la verdad.
Las creencias jamás unen a la gente,
siempre la separan; cuando la acción se basa en una creencia o en una idea o en
un ideal, tal acción debe, por fuerza, estar aislada, fragmentada.
La idea es el resultado del proceso del pensamiento, el proceso del pensamiento
es la respuesta de la memoria, y la memoria siempre está condicionada. La
memoria, que se halla permanentemente en el pasado, es reavivada en el presente
por medio de un reto. Pues la memoria no tiene vida en sí misma, cobra vida en
el presente cuando debe enfrentarse a un reto. Y toda la memoria, latente o
activa, está condicionada
Los políticos suelen prometer, las organizaciones religiosas, pueden prometer
la felicidad futura; pero esa felicidad no la tenemos ahora,
y el futuro tiene relativamente muy poca importancia cuando estoy hambriento.
Hemos ensayado todos los otros caminos; pero el camino del amor sólo podemos
conocerlo si conocemos el camino de la idea y abandonamos la idea, lo cual
implica actuar.
¿por qué dividimos la vida en la cosa llamada 'bien' y la cosa llamada 'mal'?
¿No existe, en realidad, solamente una cosa, que es una mente inatenta? Por
cierto, cuando hay atención total, es decir cuando la mente está por completo
atenta, alerta, vigilante, no existen cosas tales como el mal o el bien; sólo
hay un estado lúcido, despierto. La bondad no es, entonces, una cualidad del
ser, no es una virtud; es un estado de amor.
Cuando hay amor, no hay bien ni mal, sólo hay amor. Cuando uno ama
verdaderamente a alguien, no piensa en el bien o el mal, todo su ser está lleno
de ese amor. Sólo cuando se termina la atención completa, cuando concluye el
amor, surge el conflicto entre lo que soy y lo que debería ser. En este caso,
aquello que soy es malo, y lo que debería ser es lo que llamo bueno.
Peleamos por ideas, justificamos el
asesinato; en todas partes del mundo estamos justificando el asesinato como un
medio hacia un fin justo, lo cual es, de sí, inaudito. Antes, se reconocía que
el mal era el mal, que el asesinato era asesinato, pero ahora el asesinato es
un medio para obtener un resultado noble. El asesinato, ya sea de una sola
persona o de un conjunto de personas, se ve justificado, porque el asesino o el
grupo que él representa, justifica ese asesinato como el modo cierto de
alcanzar un resultado que será beneficioso para el hombre. Es decir,
sacrificamos el presente por el futuro, sin importar cuáles serán los medios
empleados, en tanto declaremos que nuestro propósito es el de producir un
resultado que beneficiará al hombre. Contamos con una magnífica estructura de
ideas para justificar el mal.
El aprender es extraordinario;
aprender, no acumular conocimientos. Acumular conocimientos es una cosa por
completo diferente. Lo que llamamos conocimiento es comparativamente fácil,
porque solamente es un movimiento de lo conocido a lo conocido. Pero aprender
es un movimiento desde lo conocido a lo desconocido. Sólo así aprende uno.
La relación basada en necesidades
mutuas sólo genera conflicto.
Nos usamos el uno al otro para un propósito, para una finalidad. Con una
finalidad en perspectiva, la relación es inexistente. Usted puede usarme y yo
puedo usarle. En esta utilización perdemos contacto. Una sociedad que se basa
en la utilización mutua de sus miembros es el fundamento de la violencia.
El amor a lo que es, es el principio
de la sabiduría. Solamente el amor comparte, sólo en el amor hay comunión; pero
el renunciamiento y el autosacrificio son los caminos del aislamiento y de la
ilusión.